
Os invito a que leais esta carta publicada en el Diario de Burgos
El sabor de la Ribera
Me llamo Hans, Hans Seghers, y antes de que os enteréis por otros conductos, he de confesar que mi hermana se llama Gretel. Aclaro, adelantándome a vuestras risitas, que sin duda fue cosa de mi padre. La noche en que nacimos mi hermana y yo (somos gemelos), mi padre había bebido más de la cuenta, como casi todas las noches. Pese a constatar este triste hecho de familia he de confesar, también, como contrapartida, que con el vino afloraba en él su carácter más amable y divertido. De por sí mi padre, de nombre Alfred, no era un hombre rígido ni serio, pero con cuatro vasos de vino se volvía un niño grande que hablaba sin parar, hasta que caía agotado tras oír su propia cháchara. Mi padre trabajaba como administrador de una cooperativa muy conocida de agricultores, muy importante en la zona de Babiera, y se tomaba la vida según llegaba, sin más especulaciones ni complicaciones existenciales. Tras su muerte muchos de los amigos, conocidos y vecinos, cayeron en la cuenta de que era un hombre bueno. Nadie recordaba haber tenido con él ni una mala palabra. Hacía lo que se esperaba de él y lo hacía muy bien pero jamás se jactó de ello. Después del trabajo se dedicaba a sus aficiones. Tenía tantas que nadie sabía ni cuándo ni cómo las había adquirido. Yo creo que mi padre era un snob. Leía revistas y luego comenzaba a parlotear sobre lo leído como si lo conociera de toda la vida. Sin duda tenía un arte. Con el tiempo supe que ese arte de mi padre se llamaba Literatura Oral. Digo esto porque nunca le vi terminar nada de lo que en sus ratos libres comenzara, ni siquiera uno de sus queridos puzzles. Mi padre presumía de que nunca se aburría y disertaba sobre la cantidad de cosas que se pueden hacer por el bien de uno mismo y hasta, siendo generoso, por el bien de la Humanidad, sobretodo, recalcaba, comenzando por tus vecinos. No obstante, su mayor entretenimiento consistía en comunicarse con los demás, lo que le llevaba con mucha frecuencia hasta las tabernas del centro del pueblo en el que vivíamos y allí sus bromas, sus chistes, su locuacidad, duraban lo que duraba su resistencia a los alcoholes. Media docena de rondas, dos o tres bromas largas, cuatro canciones a capela con los más animados del lugar y por último alguna historia nostálgica de cuando vivió en España, en la parte burgalesa de su adorada Ribera del Duero, en donde sin duda le costó por cuestiones de idioma comunicarse con la fluidez que él necesitaba. Sé por las cartas que todavía le envía su amigo Tasio, un gran especialistas en vinos, que le tuvieron un gran afecto en toda esa comarca tan querida por mi padre.
Jorge Villalmanzo, en Diario de Burgos, 22-febrero-2008